Cartagena, con su muralla que abraza el mar y sus calles empedradas, es un destino que evoca imágenes de historia y turismo. Sin embargo, más allá de los flashes de las cámaras y los recorridos guiados, existe una Cartagena alternativa, un espacio donde la cultura se vive y se siente en cada esquina, lejos de las rutas convencionales.
En los barrios de Getsemaní y La Boquilla, la identidad se teje con hilos de resistencia y comunidad. Aquí, las casas de colores vibrantes cuentan historias de generaciones que han resistido el paso del tiempo y la gentrificación. En una esquina, un grupo de jóvenes ensaya una danza urbana, sus movimientos son un grito de pertenencia y libertad. “Aquí bailamos para recordar quiénes somos”, dice un joven bailarín, mientras el ritmo de los tambores resuena en el aire cálido.
En Getsemaní, el arte callejero es una forma de resistencia. Murales coloridos narran historias de lucha y esperanza, convirtiendo las paredes en lienzos de memoria colectiva. Cada pincelada es un acto de reivindicación, un recordatorio de que la cultura es un espacio de encuentro y transformación.
En La Boquilla, la tradición se mezcla con la modernidad. Las palenqueras, con sus vestidos coloridos, ofrecen frutas frescas mientras comparten historias de sus ancestros. Aquí, la música es un puente entre el pasado y el presente, un lenguaje que une a la comunidad en una celebración constante de su herencia africana.
El territorio cartagenero es un espacio de memoria y transformación. Las calles de San Diego, con sus balcones coloniales, son testigos de un pasado que se reinventa en cada esquina. En una noche estrellada, el sonido de una guitarra se mezcla con el murmullo del mar, creando una sinfonía que envuelve a los transeúntes en un abrazo sonoro.
En San Diego, cada rincón es un eco de la historia. Las plazas, con sus estatuas y fuentes, son espacios de reflexión donde el pasado dialoga con el presente. Aquí, la memoria se convierte en un recurso para imaginar futuros posibles, un recordatorio de que la transformación es parte del ciclo natural de la vida.
El mercado de Bazurto es un caleidoscopio cultural donde los aromas y sonidos se entrelazan en un vibrante mosaico sensorial. Entre los puestos de frutas y especias, los vendedores comparten anécdotas y risas, creando un ambiente de camaradería y comunidad. Este mercado es un microcosmos de la Cartagena alternativa, un espacio donde la diversidad se celebra en cada transacción.
En Cartagena, el ritmo es más que música; es una forma de vida, una expresión de identidad que trasciende el tiempo y el espacio. En cada esquina, en cada barrio, la música y la cultura se entrelazan para contar historias de resistencia y pertenencia. En Eventario, celebramos estas historias que hacen vibrar a Colombia, recordándonos que la verdadera esencia de un lugar se encuentra en sus ritmos ocultos, en sus voces no escuchadas, en su gente.
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