
La Plaza de la Trinidad late al ritmo de Getsemaní, donde la vida cotidiana y la historia se cruzan sin pedir permiso. Aquí, la gente se toma su tiempo: familias, amigos, músicos y vendedores comparten el mismo suelo y el mismo aire, mientras la ciudad se cuenta a sí misma en cada conversación y cada juego de niños. Este parque, testigo de tantas jornadas y noches cartageneras, sigue siendo el punto de encuentro espontáneo para quienes buscan sentir el pulso real del barrio. Vale la pena asomarse a su agenda y dejarse sorprender por lo que sucede cada día.
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